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Que vivamos en tiempos interesantes

58º Bienal de arte de Venecia


Por Flor Gauna*


Todo se conecta con todo lo demás (everything connects with everything else) sostiene el estadounidense Ralph Rugoff, curador de la 58º Bienal Internacional de Arte de Venecia, citando a Leonardo da Vinci (que por cierto está cumpliendo 500 años de su fallecimiento). Sin lugar a dudas, esta declaración se sostiene a lo largo de toda la experiencia de poco más de 3 días en la Biennale: que vivas en tiempos interesantes (may you live in interesting times). Desde que se inicia el recorrido para llegar a las dos grandes sedes centrales, Arsenale y Giardini, nos sumergimos en una gran performance de la que todos somos participantes y cómplices perdiéndonos en los laberintos de agua y adoquín de una ciudad de extremos: lujo y decadencia, color y oxidación, luz y penumbra. La experiencia continúa y llega a su cúspide con las propuestas de más de 79 creadores de todo el mundo cuyas obras dialogan en las dos exposiciones centrales y conviven con otros 90 espacios diseminados en los alrededores entre pabellones y otras participaciones de países.

Un puñado de ejes transversales acompañan todo el recorrido como un eco constante y coral: el futuro, la diversidad, las tecnologías, los vínculos y las conexiones entre todos ellos… quizá el apocalipsis. Los formatos se transforman en anécdota, aunque siempre colorida y potente: desde instalaciones descomunales, envolventes y participativas como Sun and Sea (Sol y Mar), construida en el pabellón de Lituania, en donde dos días a la semana un grupo de “turistas” (performers) se asolea bajo un techo de chapa y madera; o Field Hospital X, montada en el pabellón de Israel, en la cual los visitantes son invitados a sacar un número y esperar pacientemente a que un especialista médico los atienda; pasando por pabellones enteros con el videoarte como apuesta de países como España, Brasil, Arabia Saudita y México, o el relato en 3 dimensiones (y a 3 pantallas) del tailandés Korakrit Arunanodchai sobre el rescate de los 12 niños del equipo de football en 2018. Todo un apartado merecerían también los desarrollos de software, animaciones, algoritmos y experiencias de realidad virtual, entre ellos el caso de la República de Azerbaiyán, que sorprende a la vuelta de la esquina de una callecita cualquiera, o las predicciones de Hito Steyerl con un jardín perdido en el futuro (Arsenale) o un viaje submarino (Giardini).

Atravesando la potencia de un ready-made como Barca Nostra del suizo Christoph Büchel, en el cual el artista recuperó el pesquero que se hundió en 2015 con cerca de mil emigrantes; o una de las obras de la mexicana Teresa Margolles que golpea con fuerza trayendo el segmento de un muro que ocupaba las proximidades de una escuela en Ciudad Juárez; hasta la simplicidad aparente y profundamente conmovedora de los retratos del artista indio Soham Gupta, plagados de desesperación y desesperanza, entre los cuales el beso de dos adolescentes parece dotar de sentido a todo el resto. Todas ellas pudieron encontrarse en una exhibición abierta —como expresa Paolo Barrera, presidente de la Bienal— y sin barreras de idioma, color, religión ni género (emociona la cantidad de artistas y curadoras mujeres), reflexionando al unísono sobre el mundo, el presente y, sobre todo, el futuro.


Los argentinos

El pabellón de Argentina se encuentra en la sección más nueva de la Bienal, contiguo a la exposición central del Arsenal. Con obra de la santafesina Mariana Tellería, curada por Florencia Battiti, El nombre de un país reúne 9 esculturas de contextura monstruosa que desfilan una tras otra en la penumbra. Se componen de partes de autos, balcones, vestuarios, luces y texturas indescifrables que construyen un conjunto impactante y a la vez estremecedor, generando comentarios entre los visitantes que hacen malabares para lograr fotografías que por la escala y la luz casi inexistentes jamás podrán lograr. Sin duda, es una obra que quedará grabada en nuestras retinas por siempre.

Por su lado, Rugoff eligió a dos argentinos, Ad Minoliti y Tomás Saraceno, para formar parte de la selección de los 79 artistas que componen las dos exposiciones principales (Proposición A en Arsenale y Proposición B en Giardini). Vale la pena mencionar también la convocatoria de Jill Mulleady, uruguaya con lazos argentinos.

Minoliti participó con dos instalaciones: una serie mural en Giardini que irrumpe con sus característicos colores en la sala y dos maniquíes mitad animal, mitad humanos que completan la propuesta transformándola en el escenario de una casa de muñecas; mientras que en Arsenal presenta una serie de cubos de gran escala que dan continuidad a su discurso en la reflexión sobre el género y los roles.

Finalmente, el tucumano Tomás Saraceno ocupa dos espacios casi autónomos en los exteriores de ambas sedes. Para Giardini presenta Oracle, un pequeño pabellón independiente con sus telarañas naturales tejidas por varias especies diferentes y acompañadas por el desarrollo de una suerte de tarot de las telarañas siguiendo las creencias de algunas culturas que leen en su trama acontecimientos futuros. La fila para acceder a su pequeño pabellón es constante y el ingreso se realiza en grupos de alrededor de 10 personas, ya que las telas no están protegidas por nada más que un guardia de sala que orienta e informa a los visitantes: el artista quiso mostrarnos lo frágil de este pequeño ecosistema y cómo, con la mínima intromisión, podemos modificarlo e incluso destruirlo, explica una de las orientadoras de sala. En el Arsenale, la obra de Saraceno ocupa un entorno soñado: en un sector de muelles presenta una nube de múltiples poliedros suspendidos sobre el paisaje e invita a entrar en la experiencia envueltos por Aqua alta, una pieza sonora realizada a partir de las típicas sirenas de Venecia que suenan para dar alarma de posibles inundaciones. Otra vez los extremos de la belleza y la inminente destrucción.

Mucho quedará tras el cierre para que artistas, críticos, investigadores y coleccionistas analicen lo que nos deja la 58º Biennale de arte; a nosotros, los ciudadanos de a pie, no nos alcanzarán los poco menos de dos años que quedan hasta la edición siguiente para emocionarnos, sorprendernos y hacernos eco de lo que los creadores tienen para decir sobre el mundo en que vivimos y los desafíos que se acercan. El arte, como siempre, lleva la delantera y merece la pena escucharlo.



*Una versión de esta nota fue publicada en la edición papel y digital de La Voz del Interior del día 10 de Noviembre de 2019.



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